Salario familiar suficiente

Analizy -

SALARIO FAMILIAR SUFICIENTE, TRABAJO DOMÉSTICO Y PROPIEDAD:
¿CÓMO ABORDA LA AMORIS LAETITIA LOS ELEMENTOS CLAVE
DE LA ECONOMÍA FAMILIAR?

Resumen:
En el presente estudio se explorarán los temas de la propiedad, el salario familiar
suficiente y el trabajo doméstico a la luz del Magisterio de la Iglesia Católica, el cual ha
pasado de proteger explícitamente el modelo de familia tradicional constituido por el
varón-proveedor y la mujer-ama de casa, a exponer de modo exclusivo los retos del nuevo
modelo de familias con doble-sueldo. El análisis abordará las contribuciones originales de
la Rerum Novarum, la Quadragesimo Anno, la Laborem Exercens y la Familiaris
Consortio en relación a estos tres temas, para contrastarlos con los desarrollos más
recientes que trajo consigo la Caritas in Veritate y principalmente la Amoris Laetitia.
Palabras Clave: Salario Familiar Suficiente, Trabajo Doméstico, Propiedad.


Abstract:
The following study will explore the topics of property, the family wage and domestic work
in light of the Magisterium of the Catholic Church, which has moved from explicitly
protect the traditional family model (father-breadwinner; mother-homemaker) to
exclusively expose the challenges of the new two-career family model. The analysis will
go over the original contributions of the Rerum Novarum, Quadragesimo Anno, Laborem
Exercerns and Familiaris Consortio on these three topics, in order to contrast them to the
recent developments brought by the Caritas in Veritate and mainly the Amoris Laetitia.
Key Words: Family Wage, Domestic Work, Property.


I. Introducción
Todo documento pontificio que explica los grandes temas sociales resulta de gran interés
para aquellos cuya labor académica procura exaltar la centralidad de la familia en la vida de
las personas y, por ende, de la sociedad misma. Las grandes ideologías que emergieron a
partir del liberalismo, particularmente el socialismo y el capitalismo, han marcado el estilo
cultural imperante que ha permeado las diversas estructuras del mundo contemporáneo, no sin ser sometidas a juicio de grandes pensadores de diversas áreas del conocimiento,
quienes han detectado su falla común: ambas ideologías tienden a “instrumentalizar” a la
persona humana, entendiéndola como un simple medio de uso, no como un fin. Por su
parte, las encíclicas sociales del Magisterio de la Iglesia Católica –así como las últimas
exhortaciones apostólicas– no escatimaron en señalar la obligación moral de todo entorno
político-económico de exaltar el espíritu humano, desarrollarlo en todas sus dimensiones,
sin despreciar el bienestar necesario que reclama la consolidación económica de una
familia con padres e hijos como ente principal societario. A comienzos del siglo XXI,
varios pensadores han abordado el binomio trabajo-familia ofreciendo una amplia gama de
soluciones de orden práctico, sin dejar de lado la reflexión conceptual que amerita la
exploración de dicha temática. Son muy diversos los textos que se pueden consultar si se
busca abarcar la totalidad de los distintos saberes que se muestran necesarios para la
formulación de una propuesta global a este problema. No es menor el número de institutos
y centros de investigación especializados que contribuyen activamente a ampliar esta
discusión, refiriéndose a la misma con el título “conciliación entre la vida laboral y la vida
familiar.” Entre un cúmulo de “luces y sombras” que detonaron una polémica sin
precedentes entre los padres sinodales que redactaron a la exhortación apostólica Amoris
Laetitia, tres temas de gran relevancia esperan recibir nuevas luces y su correspondiente
actualización cultural, a saber, el salario familiar suficiente, el trabajo doméstico y la
propiedad, mismos que fueron bellamente expuestos en varios documentos pontificios de
gran calado en el transcurso de los siglos XIX y XX, no sin un cierto germen de
controversia.


II. Los Antecedentes: de la Rerum Novarum a la Quadragesimo Anno
Antes de continuar, regresemos a los tiempos del papa León XIII y su encíclica
Rerum Novarum (1891), sabio documento pontificio en el que se decidió poner en el centro
de la discusión a la familia como el factor económico primario inherente a toda sociedad,
procurando su sano e improrrogable desarrollo frente a los nuevos retos del mundo
industrializado. En su momento, los economistas clásicos liberales de la época se centraron
en desarrollar el concepto de homo oeconomicus (el hombre económico), entendido como
aquel individuo que buscaba su propio interés en la nueva economía de mercado, siempre
al acecho de su propia maximización económica dineraria. Al mismo tiempo y desde su
propia veta, los economistas de corte marxista-socialista formularon su discurso conflictivo
entre las clases sociales, proletariado y burguesía, sumergiendo toda identidad personal en
la colectividad sujeta a la dialéctica materialista en su devenir histórico. Por su parte, la
Rerum Novarum se atrevió a poner en el centro de la discusión el carácter familiar del
trabajo y su necesaria articulación en el sistema económico dominante. Para ello, León XIII
fundamentó su argumento partiendo de grandes pensadores de la talla de Santo Tomás de
Aquino, quienes afirmaron que la verdadera economía procede y se desarrolla
principalmente en el hogar, exaltando la primacía de los lazos “esposo-esposa”, “padres-hijos”, como artífices de una sana autosuficiencia doméstica societaria. Toda forma
subsecuente de hacer economía provendría del quehacer ordinario ejercido en el núcleo
familiar, desde la vida doméstica, partiendo principalmente de la propiedad necesaria para
su florecimiento. Ésta asumiría posteriormente diversas formas de tipo comercial puestas al servicio del entramado social, desde la diversidad de los hogares, ciudades, regiones,
incluso naciones y de sus posibilidades naturales y materiales. Todo esto sin olvidar que la
medida de éxito económico se ha de manifestar en términos del bienestar familiar, del
desarrollo integral de sus miembros, apuntando hacia una sociedad en la que cada familia
sea dueña de su propio hogar, a fin de sostener sus necesidades básicas. En ese sentido, la
Rerum Novarum nos dice:
"Si el obrero percibe un salario lo suficientemente
amplio para sustentarse a sí mismo, a su mujer y a sus
hijos, dado que sea prudente, se inclinará fácilmente al
ahorro y hará lo que parece aconsejar la misma
naturaleza: reducir gastos, al objeto de que quede algo
con que ir construyendo un pequeño patrimonio […]
Por ello, las leyes deben favorecer este derecho y
proveer, en la medida de lo posible, a que la mayor
parte de la masa obrera tenga algo de propiedad […]
Los hombres, sabiendo que trabajan lo que es suyo,
ponen mayor esmero y entusiasmo. Aprenden incluso a
amar más a la tierra cultivada por sus propias manos, de
la que esperan no sólo el sustento, sino también una
cierta holgura económica para sí y para los suyos".
Al mismo tiempo, León XIII hizo referencia a la división económica del trabajo
entre el hombre y la mujer. Es sabido que la emergente sociedad industrial ha promovido
como nunca antes en la historia la incursión del trabajo femenino en el nuevo mercado
laboral, buscando la igualdad de derechos y oportunidades con respecto al hombre
(Sufragismo, Feminismo del siglo XIX y comienzos del XX). En poco tiempo, la mujer se
supo adaptar a ciertos trabajos que reclamaban su delicadeza y atención al detalle, como lo
fue en el caso de la industria textil, trayendo consigo nuevas presiones económicas para las
familias de “doble sueldo” –el encarecimiento de la vida, por ejemplo–, consecuencia
meramente accidental pero no despreciable en el tenor de las nuevas posibilidades del
mercado. Ésta fue quizás una situación por demás atrayente para los empresarios o patrones de la época, una realidad que eventualmente sería aceptada y promovida por el movimiento marxista. En contraste, la Rerum Novarum insistió en el orden económico básico necesario en todo núcleo familiar, favoreciendo el trabajo doméstico y promoviendo su autosuficiencia y seguridad partiendo del ya sugerido sueldo familiar suficiente, tomando en cuenta que no se le puede exigir lo mismo al hombre, a la mujer y al hijo en términos laborales. La Rerum Novarum declaró:
"Hay que tener en cuenta igualmente las épocas del año,
pues ocurre con frecuencia que un trabajo fácilmente
soportable en una estación es insufrible en otra o no
puede realizarse sino con grandes dificultades.
Finalmente, lo que puede hacer y soportar un
hombre adulto y robusto no se le puede exigir a una
mujer o a un niño. Y, en cuanto a los niños, se ha de
evitar cuidadosamente y sobre todo que entren en
talleres antes de que la edad haya dado el suficiente
desarrollo a su cuerpo, a su inteligencia y a su alma.
Puesto que la actividad precoz agosta, como a las
hierbas tiernas, las fuerzas que brotan de la infancia,
con lo que la constitución de la niñez vendría a
destruirse por completo. Igualmente, hay oficios
menos aptos para la mujer, nacida para las labores
domésticas; labores éstas que no sólo protegen
sobremanera el decoro femenino, sino que
responden por naturaleza a la educación de los hijos
y a la prosperidad de la familia".


Las críticas a tan valiente enunciación no se dejaron esperar. Fue el economista
francés Paul Leroy-Beaulieu de los primeros en externar sus inquietudes en 1896,
calificando el mencionado “sueldo familiar” como una variante socialista que tiende a la
colectivización. Por su parte, las proto-feministas de la época descalificaron la idea de un
“sueldo familiar suficiente” como un nuevo intento religioso-patriarcal de imponer sus
viejos esquemas de dominio sobre la mujer. En ambos casos se percibe un claro sesgo
conceptual. Ciertamente, el Papa León XIII comprendió que la familia haría frente a los
nuevos retos de la sociedad industrial si retuviese su centralidad económica y su autoridad
frente a sus hijos, principalmente por dos motivos: 1) por ser el hogar un espacio de
redistribución salarial para todos los miembros de la familia según criterios altruistas; 2)
por ser el hogar un entorno donde imperan las funciones continuas de abastecimiento,
cuidado y educación de los hijos. En ese sentido, si la familia fallase, ya sea por motivo del
acoso marxista o por un individualismo exacerbado –promotor de eficiencias orientadas a
las exigencias del mercado–, el resultado se decantaría en favor de una clara pérdida de la
libertad humana y el establecimiento de una nueva forma de servilismo.
En las siguientes dos décadas hubo una cierta confusión entre teólogos y prelados
católicos sobre las implicaciones de un posible “salario familiar suficiente”,
particularmente en relación a su implementación en la práctica. Eventualmente, fueron los
empresarios católicos quienes comenzaron a experimentar sus alcances a partir del estudio
minucioso de la Rerum Novarum, al mismo tiempo que la Primera Guerra Mundial
comenzaba a destruir hogares y promover la ausencia de sus miembros. Fue en Francia
donde se dio el cambio más dramático en 1916. M. Romanet, gerente de la Joya
Engineering Works de Grenoble, desarrolló un esquema de subsidios familiares en el que
los trabajadores varones recibían un sueldo complementario basado en el número de hijos
dependientes de su trabajo. En 1918, la mayoría de los trabajadores en el sector minero y
ferrocarrilero gozaban de esquemas similares, lo mismo que en varias divisiones gubernamentales.
En 1922, una nueva ley fue emitida para todos los servidores públicos que promovió
nuevos subsidios familiares en sus contratos. A la par, para evadir la posibilidad de que
algunos gerentes se negasen a contratar hombres de familia por razón de mantener sus
nóminas estables, el gobierno francés animó fuertemente a establecer “fondos de equidad”.
Es decir, en lugar de pagar subsidios familiares directamente a los trabajadores, los
gerentes de las empresas realizarían pagos de modo regular –calculados según el número
total de trabajadores– a fondos externos organizados según la industria en cuestión. Los
subsidios serían pagados a las familias directamente de dichos fondos. En 1928 se llegó a
más, pues las empresas proveían servicios especializados orientados a satisfacer
necesidades básicas de sus familias, como fue el caso de centros vacacionales y de atención
médica, servicio de matronas asistentes y enfermeras, bonos por nacimiento y
amamantamiento, leche de fórmula, entre otros.
* * *
Cuarenta años después de la publicación de la Rerum Novarum, el Papa Pío XI
desarrolló en 1931 la encíclica Quadragesimo Anno en la que se ratificó la centralidad de la
familia en las estructuras económicas establecidas. Se optó por promover el desarrollo de
una nueva y prudente distribución de la propiedad, de tal modo que cada matrimonio aspire a incrementar sus pertenencias, ser dueños de su propio hogar, parcelas de cultivo de alimentos, jardines, herramientas de trabajo, y claro está el trabajo arduo que supone sacar adelante la vida familiar con total tranquilidad y seguridad. En relación al trabajo
remunerado fuera de casa, Pío XI calificó la tendencia a forzar a las madres a trabajar por
razón de los sueldos bajos que recibían sus esposos como un abuso intolerable a ser abolido
a toda costa, promoviendo que las madres descuidasen sus responsabilidades naturales en el hogar, en especial la educación y desarrollo de sus hijos. Así nos dice la encíclica:
"Ante todo, al trabajador hay que fijarle una
remuneración que alcance a cubrir el sustento suyo
y el de su familia. Es justo, desde luego, que el resto de
la familia contribuya también al sostenimiento común
de todos, como puede verse especialmente en las
familias de campesinos, así como también en las de
muchos artesanos y pequeños comerciantes; pero no es
justo abusar de la edad infantil y de la debilidad de la
mujer. Las madres de familia trabajarán
principalísimamente en casa o en sus inmediaciones,
sin desatender los quehaceres domésticos.
Constituye un horrendo abuso, y debe ser eliminado
con todo empeño, que las madres de familia, a causa
de la cortedad del sueldo del padre, se vean en la
precisión de buscar un trabajo remunerado fuera
del hogar, teniendo que abandonar sus peculiares
deberes y, sobre todo, la educación de los hijos. Hay
que luchar denodadamente, por tanto, para que los
padres de familia reciban un sueldo lo
suficientemente amplio para atender
convenientemente a las necesidades domésticas
ordinarias. Y si en las actuales circunstancias esto no
siempre fuera posible, la justicia social postula que se
introduzcan lo más rápidamente posible las reformas
necesarias para que se fije a todo ciudadano adulto un
salario de este tipo. No está fuera de lugar hacer aquí el
elogio de todos aquellos que, con muy sabio y
provechoso consejo, han experimentado y probado
diversos procedimientos para que la remuneración del
trabajo se ajuste a las cargas familiares, de modo que,
aumentando éstas, aumente también aquél; e incluso, si
fuere menester, que satisfaga a las necesidades
extraordinarias".


En 1936, John Daniel Callahan, teólogo jesuita norteamericano, calificó como un
imperativo de la “justicia conmutativa” y como un “derecho” propio de las obligaciones y
deberes de todo padre de familia el ser sujeto de un salario familiar suficiente. Callahan
argumentó que el matrimonio y la procreación de los hijos son partes vitales de la vida
familiar provenientes del Orden Divino. Por su parte, el objetivo del trabajo remunerado
consiste en asegurar los recursos necesarios para el sostenimiento de las necesidades de los
miembros de las familias. Toda remuneración laboral, en ese sentido, debe ser suficiente
para preservar dicho fin natural. La unidad existente entre la fertilidad humana y la
remuneración necesaria del trabajo –prosigue Callahan– se encuentra implícita en la ley
natural. En ese sentido, “el ideal al que hay que dirigirse consiste en el reconocimiento de
la fertilidad familiar en relación al trabajo humano per se, así como la restitución familiar
como un ejercicio directo de la justicia conmutativa.”

Como veremos más adelante, el catolicismo tuvo que esperar 50 años para que estos
temas fuesen puestos nuevamente en el “tintero”, frente a un nuevo mundo que sobrevivió
las penurias de la Segunda Guerra Mundial, la Post-guerra con su correspondiente “Guerra
Fría”, y la emergente Revolución Sexual de los años sesenta y setenta. Fue el primer papa
polaco de la historia, San Juan Pablo II, el encargado de traer nuevas esperanzas a las
familias a través de dos emblemáticos documentos: la Laborem Exercens y la Familiaris
Consortio
, a principios de los años ochenta.

III. La Consolidación: de la Laborem Exercens a la Familiaris Consortio.
Los apasionantes temas del matrimonio y la familia ocuparon un espacio muy
específico en el itinerario intelectual y magisterial de San Juan Pablo II. Sus escritos se
caracterizaron por su estilo y gracia, destacando entre ellos una de sus dos obras filosóficas
más prominentes: el libro Amor y responsabilidad, obra inspirada en su profunda labor
pastoral y académica, resultado de sus reflexiones sobre la “vida como regalo” –palabras de
Rocco Buttiglione– que él mismo desarrolló durante los años sesenta del siglo pasado. Al
poco tiempo de la publicación de la primera edición de Amor y responsabilidad, Karol
Wojtyla fue convocado por el Papa Pablo VI para participar en la Comisión Papal que
investigó la moralidad de la emergente “cultura anticonceptiva” que comenzaba a proliferar
en aquella época. De las deliberaciones que surgieron de dicha comisión nacería la
encíclica que cambió el rumbo de la historia moderna de la Iglesia Católica el año 1968: la
Humanae vitae, documento que reflejó una parte muy importante de las contribuciones
aportadas por Wojtyla después de casi siete años de investigación y deliberaciones intensas
sobre la anticoncepción y la moral sexual.


Ciertamente, la dura controversia que siguió a la publicación de la Humanae vitae
no dejó satisfecho al entonces arzobispo de Cracovia. Sintiéndose hasta cierto punto
culpable por el rechazo generalizado de la encíclica, Wojtyla dedicó la siguiente década de
sus investigaciones a desarrollar una auténtica “hermenéutica” de los puntos clave del
documento pontificio. Tomó las opiniones disidentes como un reto intelectual,
desarrollando una serie de artículos académicos y pastorales que publicó entre los años
1969 y 1978, año en que fue llamado a ocupar la Sede de Pedro. Sus nuevas
responsabilidades como Papa no le apartaron de su exitosa trayectoria académica y
pastoral, sino que más bien lo fortalecieron y motivaron a seguir escribiendo sobre el amor
humano, dando origen a una de las obras teológicas más prometedoras de nuestra era: La
teología del cuerpo, hoy conocida como una amplia catequesis sobre el amor entre hombre
y mujer, explicada desde el “prisma” del Plan Divino de Amor. Este documento fue escrito
e impartido por el mismo San Juan Pablo II desde su balcón, de cara a la Plaza de San
Pedro, en las famosas audiencias generales de los miércoles entre los años 1979 y 1984.

Pero fue en 1981 cuando la encíclica Laborem Exercens reafirmó la conexión entre
el trabajo y la familia entendida como un derecho natural al cual todo “cabeza de familia”
debe ser acreedor. En relación a la propiedad, San Juan Pablo II impulsó reformas laborales de tal modo que todo trabajador se considere a sí mismo propietario del trabajo que realiza en su ámbito profesional, así como el imperativo salario familiar suficiente para todo “adulto” que fuese responsable de una familia con hijos, haciendo especial énfasis en la importancia de promover el trabajo doméstico de la madre de familia en su propio hogar.
El documento nos dice así con total claridad:
"Una justa remuneración por el trabajo de la persona
adulta que tiene responsabilidades de familia es la que
sea suficiente para fundar y mantener dignamente una
familia y asegurar su futuro. Tal remuneración puede
hacerse bien sea mediante el llamado salario familiar
–es decir, un salario único dado al cabeza de familia
por su trabajo y que sea suficiente para las
necesidades de la familia sin necesidad de hacer
asumir a la esposa un trabajo retribuido fuera de
casa, bien sea mediante otras medidas sociales, como
subsidios familiares o ayudas a la madre que se dedica
exclusivamente a la familia, ayudas que deben
corresponder a las necesidades efectivas, es decir, al
número de personas a su cargo durante todo el tiempo
en que no estén en condiciones de asumirse dignamente
la responsabilidad de la propia vida.
La experiencia confirma que hay que esforzarse por la
revalorización social de las funciones maternas, de la
fatiga unida a ellas y de la necesidad que tienen los
hijos de cuidado, de amor y de afecto para poderse
desarrollar como personas responsables, moral y
religiosamente maduras y sicológicamente equilibradas.
Será un honor para la sociedad hacer posible a la
madre –sin obstaculizar su libertad, sin
discriminación psicológica o práctica, sin dejarle en
inferioridad ante sus compañeras– dedicarse al
cuidado y a la educación de los hijos, según las
necesidades diferentes de la edad. El abandono
obligado de tales tareas, por una ganancia retribuida
fuera de casa, es incorrecto desde el punto de vista del
bien de la sociedad y de la familia cuando contradice o
hace difícil tales cometidos primarios de la misión
materna".


Ahora bien, en 1980 se celebró el famoso Sínodo de Obispos que tuvo lugar en
Roma con el firme propósito de discutir el papel que debe jugar la familia cristiana en
medio de las controversias o circunstancias que plantea la cultura postmoderna. Las
conclusiones obtenidas en el Sínodo dieron origen al documento que algunos llaman la
“summa de la enseñanza de la Iglesia sobre la vida, las tareas, la responsabilidad, la misión
del matrimonio y de la familia en el mundo actual”: la famosa Exhortación Apostólica
Familiaris Consortio, cuya contribución principal –dicho en palabras de Mons. Jean
Laffitte– fue el haber desarrollado una reflexión fundamental sobre la sociedad a partir de
la institución familiar. Es evidente que San Juan Pablo II no dejó de pensar en la temática
familiar y se dedicó a desarrollar un auténtico corpus wojtyliano que invitara a futuras
generaciones a reflexionar sobre la gran problemática que se avecinaría en los años 80 y
90. Así, en 1987 el Papa polaco publicó: a) la instrucción Donum Vitae, texto dedicado a
hablar sobre el respeto a la vida humana naciente y la dignidad de la procreación en
relación a la emergente tecnología de fertilización in vitro o IVF; en 1988; b) la carta
apostólica Mulieris Dignitatem abordó el tema de la dignidad y vocación de la mujer con
motivo del Año Mariano; en 1994; c) la carta Gratissimam Sane (más conocida como La
carta a las familias) que representó una verdadera invitación papal a la oración con motivo
de la proclamación del “Año Internacional de la Familia”; y finalmente en 1995 se dio a
conocer la famosa encíclica, d) Evangelium Vitae, en la que se consideraron con seriedad
los escandalosos temas del aborto inducido y la eutanasia.


Sin embargo, fue la Exhortación Apostólica Familiaris Consortio el documento que
expuso con mayor rigor y profundidad la temática hasta el momento expuesta, a saber, la
relación trabajo-familiar. En su conjunto, el texto pontificio puede ser visto como una
invitación que hace San Juan Pablo II a todos los esposos-padres y a las esposas-madres a
reflexionar sobre el modo en que están viviendo su vocación matrimonial en el día a día
junto a sus hijos y familiares. Sin embargo, considerando la relación irrevocable que
muchas parejas han establecido con la vida laboral fuera del hogar en la segunda mitad del
siglo XX, una reflexión más consciente y minuciosa se presentaba como un verdadero reto
intelectual. El cuestionamiento que mejor expresa dicho reto se encuentra en el párrafo 23
de la Familiaris Consortio (que a su vez se remonta a la encíclica Laborem Exercens,
número 19) en el que figura la necesidad de construir una renovada “teología del trabajo”
que ilumine y profundice en el significado del mismo en la vida cristiana y que determine
el vínculo fundamental que existe entre el trabajo y la familia y, por consiguiente, el
significado original e insustituible del trabajo doméstico y la educación de los hijos. Ya
desde sus tiempos como profesor universitario, San Juan Pablo II era consciente de dicha
problemática e incluso desarrolló un par de documentos a finales de los años cincuenta
sobre la relación trabajo-familia: Reflexiones sobre el matrimonio en 1957; y La
propedéutica del sacramento del matrimonio en 1958. En aquella época, el entonces
Obispo Auxiliar de Cracovia se enfocó en comentar las dificultades sociales y económicas
que muchas familias sufrieron (pero no exclusivamente) en la Polonia Comunista. Aludió
particularmente a los problemas que padecían las jóvenes parejas que deseaban casarse,
sostener un hogar, y criar con dignidad una familia con hijos, en concreto tres: 1) La
necesidad de que ambos cónyuges trabajen a nivel profesional fuera del hogar; 2) La falta
de medios materiales suficientes para fundar y mantener una familia; 3) La dificultad para
adquirir una vivienda, (curiosamente, relativos a los tres temas en cuestión).


La Familiaris Consortio ofrece un panorama muy cercano a las reflexiones
expuestas en las encíclicas sociales anteriores, dirigiéndose particularmente a los padres de
familia y a los gobiernos e instituciones de la sociedad civil. Resulta interesante descubrir,
en esta misma línea, cómo el panorama intelectual que se ha especializado en esta temática
aborda el problema reclamando una responsabilidad (o co-responsabilidad) prácticamente
“simétrica” al padre y a la madre, de tal modo que ambos trabajen fuera de casa y juntos
atiendan la vida del hogar, siempre bajo la racionalidad (expuesta a modo de tendencia
sociológica) del 50-50. El número 23 de la Exhortación Apostólica dice por contra lo
siguiente:
"Sin entrar ahora a tratar de los diferentes aspectos del
amplio y complejo tema de las relaciones mujersociedad,
sino limitándonos a algunos puntos
esenciales, no se puede dejar de observar cómo, en el
campo más específicamente familiar, una amplia y
difundida tradición social y cultural ha querido reservar
a la mujer solamente la tarea de esposa y madre, sin
abrirla adecuadamente a las funciones públicas,
reservadas, en general, al hombre.
No hay duda de que la igual dignidad y responsabilidad
del hombre y de la mujer justifican plenamente el
acceso de la mujer a las funciones públicas. Por otra
parte, la verdadera promoción de la mujer exige
también que sea claramente reconocido el valor de
su función materna y familiar respecto a las demás
funciones públicas y a las otras profesiones. Además,
tales funciones y profesiones deben integrarse entre sí,
si se quiere que la evolución social y cultural sea
verdadera y plenamente humana.
Esto resultará más fácil si, como ha deseado el Sínodo,
una renovada “teología del trabajo” ilumina y
profundiza el significado del mismo en la vida
cristiana y determina el vínculo fundamental que
existe entre el trabajo y la familia y, por
consiguiente, el significado original e insustituible
del trabajo de la casa y la educación de los hijos. Por
ello, la Iglesia puede y debe ayudar a la sociedad
actual, pidiendo incansablemente que el trabajo de
la mujer en casa sea reconocido por todos y estimado
por su valor insustituible. Esto tiene una importancia
especial en la acción educativa; en efecto, se elimina la
raíz misma de la posible discriminación entre los
diversos trabajos y profesiones cuando resulta
claramente que todos y en todos los sectores se
empeñan con idéntico derecho e idéntica
responsabilidad. Aparecerá así más espléndida la
imagen y semejanza de Dios en el hombre y en la
mujer.
Si se debe reconocer también a las mujeres, como a los
hombres, el derecho de acceder a las diversas funciones
públicas, la sociedad debe, sin embargo, estructurarse
de manera tal que las esposas y madres no sean de
hecho obligadas a trabajar fuera de casa y que sus
familias puedan vivir y prosperar dignamente aunque
ellas se dediquen totalmente a la propia familia.
Se debe superar, además, la mentalidad según la
cual el honor de la mujer deriva más del trabajo
exterior que de la actividad familiar. Pero esto exige
que los hombres estimen y amen verdaderamente a la
mujer con todo el respeto de su dignidad personal y que
la sociedad cree y desarrolle las condiciones adecuadas
para el trabajo doméstico".


Me parece que el planteamiento que hace la Familiaris Consortio abre un inmenso
espacio para la discusión científica especializada que ha de esclarecer lo que podemos
denominar el vínculo fundamental existente entre: 1) el trabajo y la vida familiar en el
hogar; y 2) la vida familiar y la vida profesional fuera de casa. Será necesario abordar este
tema desde una perspectiva que ponga en el centro de la discusión las necesidades
matrimoniales y familiares, para posteriormente comentar las necesidades de las empresas,
de las instituciones intermedias y la sociedad en general, como en su momento lo señaló la
Rerum Novarum, la Quadragesimo Anno, la Laborem Exercens. Eventualmente, la
encíclica Centesimus Annus (1991) dio continuidad a las enseñanzas de estos tres
documentos, principalmente en lo relativo a la propiedad y al salario justo. Sin embargo,
como veremos más adelante, esta temática se puso en “lista de espera” por los siguientes 18
años, para finalmente ser retomada –en parte– durante el breve papado de Benedicto XVI.


IV. La Novedad: de la Caritas in Veritate a la Amoris Laetitia
El Papa Emérito Benedicto XVI dedicó varias intervenciones públicas a la cuestión
del amor humano y la institución familiar en el transcurso de su breve (pero intenso)
pontificado (2005-2013), dando continuidad al magisterio de su antecesor, San Juan Pablo
II, aunque es posible hablar de una cierta particularidad en el mensaje del Papa alemán. En
su primera encíclica a) Deus Caritas Est (2005) profundiza en el amor divino, entendido
como “arquetipo” del amor entre el hombre y la mujer; b) en el Encuentro Mundial de las
Familias (Valencia 2006), insistió en el valor de la familia como el lugar por excelencia
para la transmisión de la fe y la educación de los hijos; c) en el discurso pronunciado con
ocasión del 30 aniversario de la Familiaris Consortio (2011) habló de la importancia de
mantener el propio “cuerpo” en relación filial con el Creador, a fin de que éste (el cuerpo)
no se rebele contra sí mismo. Pero fue en la Caritas in Veritate, su tercera encíclica firmada
en 2009, en la que se retomó el tema del trabajo y su radicalidad en la familia siguiendo los
pasos de sus antecesores, aunque de modo más general y con algunos nuevos matices.
Según hemos visto, León XIII, Pío XI y San Juan Pablo II asumieron el reto de
evidenciar la necesidad imperante de establecer un nuevo orden social que promueva sin
reservas el ya mencionado salario familiar suficiente –debido al “cabeza –proveedor” de
familia a título de derecho–, con vistas a proteger a toda costa el trabajo doméstico ejercido
principalmente por la madre, así como el derecho a la propiedad familiar y su necesaria
protección económica. Curiosamente la Caritas en Veritate no tocó ninguno de estos temas
de modo directo, pero tampoco los cuestionó o rechazó de ninguna manera. Simplemente
no fueron explorados con la misma amplitud en comparación con las encíclicas sociales
anteriores. Quizás lo más cercano a estas temáticas se encuentra en el número 63 de la
encíclica, en donde se sugiere la posibilidad de que “todos” los habitantes de la sociedad
contemporánea, tanto hombres como mujeres, se incorporen eventualmente al mercado
laboral. Pero también se puede entender el trabajo en sentido amplio, es decir, como toda
actividad ejercida libremente en beneficio de la sociedad. El documento nos dice:
"Pero ¿qué significa la palabra «decente» aplicada al
trabajo? Significa un trabajo que, en cualquier sociedad,
sea expresión de la dignidad esencial de todo hombre o
mujer: un trabajo libremente elegido, que asocie
efectivamente a los trabajadores, hombres y
mujeres, al desarrollo de su comunidad; un trabajo
que, de este modo, haga que los trabajadores sean
respetados, evitando toda discriminación; un trabajo
que permita satisfacer las necesidades de las familias
y escolarizar a los hijos sin que se vean obligados a
trabajar; un trabajo que consienta a los trabajadores
organizarse libremente y hacer oír su voz; un trabajo
que deje espacio para reencontrarse adecuadamente con
las propias raíces en el ámbito personal, familiar y
espiritual; un trabajo que asegure una condición digna a
los trabajadores que llegan a la jubilación".


Me parece que en esta parte de la encíclica no se hace una clara mención al trabajo
doméstico, ejercido incluso en nuestra época por las madres de familia que han decidido
dedicarse totalmente a la atención del hogar y al cuidado de los hijos. En todo caso se incita
a que todo hombre y mujer gocen de total “libertad” para escoger un trabajo, aludiendo a la
importancia de evitar toda “discriminación” laboral, así como el tener acceso a un “salario
justo” que permita la manutención de la propia familia y proveer una educación para los
hijos sin que éstos se vean forzados a trabajar. Lo anterior puede indicar que Benedicto
XVI estaba plenamente consciente de la marcada tendencia cultural hacia el modelo
familiar de “dos-salarios” (Two-career model) como la norma social y económica. Ahora
bien, la palabra “familia” se menciona en repetidas ocasiones, aunque en algunos casos se
usa de modo genérico: se habla de la gran “familia humana.” Ciertamente, se alude al
concepto de “familia matrimonial” aunque en términos claramente alejados de uno de los
temas centrales del documento, a saber, la economía.
También podemos leer en el número 15 de la Caritas in Veritate el argumento
central de la Humanae Vitae –el sentido unitivo y procreativo del acto sexual– sin comentar su clara relación con las necesidades económicas que conlleva el tener hijos y educarlos (como lo hizo en su momento John Daniel Callahan). En lo referente al debate sobre políticas que promuevan el crecimiento demográfico expuesto en el número 44, Benedicto XVI sugiere la posible conexión entre las dificultades económicas de ciertos países (no sólo los desarrollados) y sus tasas de natalidad a la baja. Sin embargo, su recomendación final se muestra un tanto general: “los estados están llamados a establecer políticas que promuevan la centralidad y la integridad de la familia, fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer, célula primordial y vital de la sociedad, haciéndose cargo también de sus problemas económicos y fiscales, en el respeto de su naturaleza relacional.”


Ahora bien, al concluir el VI Encuentro Mundial de las Familias en la Ciudad de
México 2009, Benedicto XVI anunció que el siguiente encuentro se celebraría en la ciudad
italiana de Milán, del 30 de mayo al 3 de junio de 2012. El tema del encuentro llevaría por
título La familia: trabajo y fiesta. “El trabajo y la fiesta –afirmó el Papa Emérito– están
íntimamente relacionados con la vida de las familias: condicionan sus elecciones, influyen
en las relaciones entre los cónyuges y entre padres e hijos, inciden en la relación de la
familia con la sociedad y con la Iglesia.” “En nuestros días –continúa–, la organización del
trabajo, pensada y realizada en función de la competencia del mercado y del máximo
beneficio […] Por tanto, es preciso promover una reflexión y un compromiso encaminados
a conciliar las exigencias y los tiempos del trabajo con los de la familia.” No ha de
sorprender que esta reflexión se suscitara en el 2011 en el marco de la celebración del
treinta aniversario de la Familiaris Consortio.
En esa misma línea, la VII Catequesis del Encuentro en Milán-2012, “El trabajo:
desafío para la familia,” número 4, encontramos un cierto avance en relación a las
declaraciones de la mencionada Familiaris Consortio, número 23. En esta catequesis se
califica de “injusto” el delegar totalmente en la mujer el trabajo doméstico, exhortando de
manera contundente a que “toda la familia (participe) en este compromiso según una
distribución equitativa de las tareas”, y, “por lo que se refiere, en cambio, a la actividad
profesional, ciertamente es oportuno que los cónyuges se pongan de acuerdo para evitar
ausencias demasiado prolongadas en la familia.” Pero el Papa alemán fue a mucho más,
lamentando que “la necesidad de proveer el sustento de la familia demasiado a menudo no
da a los cónyuges la posibilidad de elegir con sabiduría y armonía”. ¿Cuál podría ser la
razón de esta nueva claridad sin reiterar la necesidad de promover el salario justo familiar
tan aclamado anteriormente por las encíclicas anteriores? ¿Por qué se dejó de exaltar la
supremacía de la madre en el desarrollo de la vida doméstica familiar? Ciertamente, el
trabajo doméstico de cuidado del hogar, la educación de los hijos, la asistencia de los
ancianos y de los enfermos, tiene un valor social más elevado –incluso desde el punto de
vista profesional, diría San Josemaría Escrivá– que otras profesiones mejor reconocidas
socialmente y mejor retribuidas, tema claramente expuesto en la Familiaris Consortio. Al
final, Benedicto XVI concluye: “la insustituible contribución de la mujer a la formación de
la familia y al desarrollo de la sociedad está todavía a la espera del debido reconocimiento
y la adecuada valoración”. Quizás en esta última frase encontramos el fermento de lo que
vendría después, para lo cual la Iglesia Católica esperó casi 35 años tras la publicación de
la Familiaris Consortio, para entonces dar la noticia que el Sínodo de Obispos se reuniría
una vez más con el fin de publicar una nueva Exhortación Apostólica en la que se
retomaría la temática familiar, poniendo en el centro de su diálogo la alegría del amor. El
texto fue firmado por el Papa Francisco el 19 de marzo (onomástica de San José), y llevó
por título: Amoris Laetitia.
“El deseo de familia permanece vivo, especialmente entre los jóvenes, y esto motiva
a la Iglesia,” nos dice con gran esperanza el texto, en el marco del Año Jubilar de la
Misericordia proclamado en diciembre de 2015 y concluido en noviembre de 2016. Tal vez
por tal motivo, el texto manifiesta desde el principio la gran emergencia actual por destacar
“caminos pastorales” que orienten a toda la comunidad cristiana a “construir hogares
sólidos y fecundos según el plan de Dios.” Para ello, el Papa Francisco dedicó doscientas
setenta y dos páginas (tres veces más que la Familiaris Consortio) para hacer llegar su
mensaje sanador a la gran comunidad de familias contemporáneas. En efecto, la Amoris
Laetitia ofrece las bases para impulsar imperativamente una nueva pastoral familiar en
todas sus dimensiones, poniendo un cierto énfasis en las nuevas y crecientes “delicadas
situaciones” que ponen de manifiesto la desorientación actual que viven las familias frente
a sus nuevos retos sociales y culturales.


En relación a los temas hasta el momento expuestos –propiedad, salario familiar
suficiente y trabajo doméstico–, el Papa argentino hace puntualizaciones de gran relevancia
principalmente en el capítulo II, enfatizando el camino aún por recorrer en favor de la
nueva condición femenina y sus crecientes posibilidades en el mundo laboral y en su
necesaria participación social. La tónica del texto, en ese sentido, quedó claramente
señalada citando el documento Matrimonio y Familia emitido por la Conferencia Episcopal
Española de 1979, el cual nos incita a reconocer que la familia contemporánea ofrece “una
realidad doméstica con más espacios de libertad, con un reparto equitativo de cargas,
responsabilidades y tareas […] Ni la sociedad en que vivimos ni aquella hacia la que
caminamos permiten la pervivencia indiscriminada de formas de modelos del pasado.”
¿Está hablando el Papa de la sociedad patriarcal en su versión arcaica al hacer referencia a
“modelos del pasado”? ¿Son estos “modelos” los que se vivían de modo generalizado en
los tiempos de la Rerum Novarum? Al mismo, tiempo el documento advierte los posibles
riesgos que presenta el liberalismo radical para la vida familiar, a saber, “el peligro que
representa un individualismo exasperado que desvirtúa los vínculos familiares y acaba por
considerar a cada componente de la familia como una isla, haciendo que prevalezca, en
ciertos casos, la idea de un sujeto que se construye según sus propios deseos asumidos con
carácter absoluto.” La familia, así entendida, “puede convertirse en un lugar de paso, al que
uno acude cuando le parece conveniente para sí mismo, o donde uno va a reclamar
derechos, mientras los vínculos quedan abandonados a la precariedad voluble de los deseos
y las circunstancias.”
Ciertamente, la Amoris Laetitia no dejó de señalar la dificultad actual de adquirir
una “vivienda digna” que provea un bienestar suficiente para la familia y todos sus
miembros, aceptando que “una familia y un hogar son dos cosas que se reclaman
mutuamente.” Siguiendo las líneas marcadas hasta el momento por toda la Doctrina Social
de la Iglesia, el Papa Francisco hace un llamado a toda la sociedad a proveer a las familias
de “una adecuada política familiar por parte de las autoridades públicas en el terreno
jurídico, económico, social y fiscal,” pues el sistema económico actual no favorece esta
posibilidad y su íntima relación con el trabajo, el cual “hace posible al mismo tiempo el
desarrollo de la sociedad, el sostenimiento de la familia y también su estabilidad y su
fecundidad.” Denuncia de igual modo las posibilidades laborales “precarias y selectivas”
que ofrece el mercado, particularmente para los jóvenes, promoviendo jornadas de trabajo
largas y agravadas por largos tiempos de desplazamiento. “Esto no ayuda –nos dice el
texto– a los miembros de la familia a encontrarse entre ellos y con los hijos, a fin de
alimentar cotidianamente sus relaciones.” Podemos percibir en esta enunciación que el
Papa Francisco está consciente –al igual que Benedicto XVI en su momento– del modelo
de “doble sueldo” y de su emergencia como la norma social de supervivencia familiar.
Llama la atención que no se menciona, a diferencia de los textos Pontificios del siglo
pasado, la clara necesidad del salario familiar suficiente como una solución política y justa
que libere a los padres de familia de presiones económicas asfixiantes, a fin de que éstos
puedan libremente dedicar el tiempo suficiente a la atención de la convivencia familiar. Lo
que sí se comenta, con sabia determinación, es el claro impacto que este modelo está
teniendo en la educación de los hijos: “los padres llegan a su casa cansados y sin ganas de
conversar, en muchas familias ya ni siquiera existe el hábito de comer juntos, y crece una
gran variedad de ofertas de distracción además de la adicción a la televisión Esto dificulta
la transmisión de la fe de los padres a los hijos.”

Ahora bien, en relación a la importancia del trabajo doméstico como eje central de
la convivencia familiar, es importante señalar que se hace una breve referencia: “Pero
también es verdad que lo masculino y lo femenino no son algo rígido. Por eso es posible,
por ejemplo, que el modo de ser masculino del esposo pueda adaptarse de manera flexible a
la situación laboral de la esposa. Asumir tareas domésticas o algunos aspectos de la crianza
de los hijos no lo vuelven menos masculino ni significan un fracaso, una claudicación o
una vergüenza.” ¿Por qué sólo se menciona la posibilidad de que el padre de familia se
sume a las tareas domésticas, sin reiterárselo a la madre? A diferencia de la Familiaris
Consortio
, la Amoris Laetitia no hizo alusión a la posibilidad de que la Iglesia pueda
ayudar “a la sociedad actual, pidiendo incansablemente que el trabajo de la mujer en casa
sea reconocido por todos y estimado por su valor insustituible.” Quizás aquí encontraremos
el distintivo principal que marca las enseñanzas de la Amoris Laetitia, misma que se
encuentra en el número 54 del mismo capítulo, en el que se exponen los desafíos a los que
se enfrenta la mujer en materia de derechos, violencia intrafamiliar y discriminación
laboral, condenando el “machismo” y viejas formas de las culturas patriarcales:
"En esta breve mirada a la realidad, deseo resaltar que,
aunque hubo notables mejoras en el reconocimiento de
los derechos de la mujer y en su participación en el
espacio público, todavía hay mucho que avanzar en
algunos países. No se terminan de erradicar costumbres
inaceptables. Destaco la vergonzosa violencia que a
veces se ejerce sobre las mujeres, el maltrato familiar y
distintas formas de esclavitud que no constituye una
muestra de fuerza masculina sino una cobarde
degradación. La violencia verbal, física y sexual que se
ejerce contra las mujeres en algunos matrimonios
contradice la naturaleza misma de la unión conyugal.
Pienso en la grave mutilación genital de la mujer en
algunas culturas, pero también en la desigualdad del
acceso a puestos de trabajo dignos y a los lugares
donde se toman las decisiones. La historia lleva las
huellas de los excesos de las culturas patriarcales,
donde la mujer era considerada de segunda clase, pero
recordemos también el alquiler de vientres o la
instrumentalización y mercantilización del cuerpo
femenino en la actual cultura mediática. Hay quienes
consideran que muchos problemas actuales han
ocurrido a partir de la emancipación de la mujer.
Pero este argumento no es válido, es una falsedad,
no es verdad. Es una forma de machismo. La idéntica
dignidad entre el varón y la mujer nos mueve a
alegrarnos de que se superen viejas formas de
discriminación, y de que en el seno de las familias se
desarrolle un ejercicio de reciprocidad. Si surgen
formas de feminismo que no podamos considerar
adecuadas, igualmente admiramos una obra del
Espíritu en el reconocimiento más claro de la
dignidad de la mujer y de sus derechos.


V. Conclusión
Resulta evidente que las temáticas hasta ahora exploradas –el salario familiar
suficiente, el trabajo doméstico y la propiedad– no fueron abordados con el mismo rigor e
intensidad en la Amoris Laetitia, tomando como referencia la claridad expositiva de los
documentos pontificios de los siglos XIX y XX. Esto no es decir que las posturas de unos u
otros documentos pontificios sean contradictorias. Sin embargo, se puede afirmar que tanto la Rerum Novarum, la Quadragesimo Anno y la Laborem Exercerns (y la Familiaris
Consortio
) se aventuraron a proclamar verdades universales derivadas de la ley natural en
favor de la autonomía de la familia para encargarse de sus miembros a través de un salario
suficiente que permita a los padres de familia decidir en conjunto sus posibilidades de
crecimiento, adquirir una propiedad doméstica digna, y favorecer la posibilidad de que la
madre sea la principal protagonista de la vida doméstica. Me parece que éstas son verdades
aplicables para los hombres y las mujeres de todas las clases sociales, inmersos o no en
penurias económicas o sujetos a tendencias ideológicas que buscan erradicar la imagen de
la madre “ama de casa,” como lo hizo el feminismo promovido por Betty Friedan hace más
de cincuenta años.


Es posible que la Amoris Laetitia no desarrolló con mayor amplitud el tema del
trabajo doméstico y su íntima relación con la maternidad por una razón práctica: para el
año 2017 hablar de “amas de casa” de tiempo completo se ha convertido en un tema tabú.
Con ello no estoy sugiriendo que la Iglesia haya perdido la valentía que la ha caracterizado
por siglos. Simplemente pienso que es un tema que hay que seguir reflexionando y el Papa
lo ha de saber. En tan sólo medio siglo, el ingreso masivo de la mujer al mercado laboral,
incluyendo madres jóvenes, mismo que se aceleró desde 1965, ha ido in crescendo pero no
de modo absoluto. Con la excepción de algunos grupos conservadores (no sólo católicos),
la expectativa dominante para muchas mujeres contemporáneas en el mundo desarrollado
se orienta a la búsqueda de su desarrollo profesional fuera de casa, buscando en todo
momento acuerdos de orden político (incluyendo el aborto irrestricto, según la agenda
feminista radical) que hagan posible la nueva imagen de la “madre trabajadora” fuera del
hogar familiar. A la par, la promoción de guarderías, la baja materna, así como horarios
flexibles y políticas que aseguren la igualdad de sueldos y prestaciones parecen dominar la
tónica del discurso, apuntando hacia un mundo dominado por la racionalidad del 50-50
laboral en todas las estructuras de la sociedad. “Hay roles y tareas flexibles –nos dice el
Papa Francisco–, que se adaptan a las circunstancias concretas de cada familia, pero la
presencia clara y bien definida de las dos figuras, femenina y masculina, crea el ámbito más
adecuado para la maduración del niño.”
Durante estas mismas cinco décadas, y por razones muy cercanas a la nueva
condición femenina, la noción del salario familiar suficiente y el trabajo doméstico ha ido
a la baja. Es verdad que el Papa Francisco reitera el Mandato Divino que ha sido confiado a
la familia de hacer doméstico el mundo. También se hace alusión a la maternidad y a las
“capacidades femeninas específicas” que “le otorgan también deberes, porque su ser mujer
implica también una misión peculiar en esta tierra, que la sociedad necesita proteger y
preservar para bien de todos.” ¿De qué “deberes” en concreto se está hablando en esta parte
de texto? ¿Acaso se refiere a las labores domésticas? No se puede afirmar con precisión. En
ese tenor, es entendible aceptar y regocijarse por razón de que las mujeres de hoy “pueden
entrar en el mercado laboral cada vez en mejores condiciones. Eso nos enriquece, pero
también favorece que la pasión adolescente por el éxito profesional no sea ya patrimonio
exclusivo del varón, sino también de la mujer. Ya no son sólo los hombres los que tienen
que descubrir que el primer negocio son los hijos.” En ese sentido, la Amoris Laetitia hace
referencia indirecta a este creciente problema cultural de nuestra sociedad actual, mismo que amerita una clara reflexión futura.
A final de cuentas, este repentino cambio de discurso impacta nuestra sensibilidad
como un intento de conciliar la discusión actual de poner fin a la defensa de la división del
trabajo según sexo, tan custodiada durante los primeros 40 años de la Rerum Novarum y
esencialmente confirmada en la Familiaris Consortio. Me atrevo a afirmar que la cuestión
se habría sanado si la Amoris Laetitia hubiera añadido a su análisis en el capítulo II una
reflexión sobre las dificultades que viven las madres-amas de casa al desear encargarse
ellas mismas de la vida del hogar y la educación de sus hijos, frente a una cultura que se ha
olvidado de ellas a nivel social y económico, hasta el punto de ser consideradas como
posibles “ilegales.” Es inevitable percibir un cierto “silencio” ante un tema que a mi juicio
es vértice de la clara devaluación e incertidumbre que sigue viviendo la familia natural en
Occidente, cuya victima principal es la madre. Desprovistos de su natural autonomía y
funcionalidad económica, los padres y las madres de familia contemporáneos no gozarán
de su aclamada “centralidad” e “integridad” constantemente señalada en toda la enseñanza
social católica.
En contraparte, parece ser que la Amoris Laetitia se inclinó por promover el nuevo
modelo dialógico caritativo, que se identifique con los nuevos e innovadores modos de
organización social, promovidos principalmente por el feminismo contemporáneo. En
suma, me parece que el Magisterio de la Iglesia ha pasado de defender de modo explícito
un modelo de familia matrimonial “especializado” (padre-breadwinner; madre-homemaker) –promovido como el modelo idóneo para la promoción de la vida la familia y
la transmisión de la fe–, a hacer referencia explícita y exclusiva a los retos de las nuevas
familias de “doble-sueldo” (Two-career model), silenciando las referencias al modelo
anterior. Sin embargo, esto no significa que modelo “especializado” no siga siendo un
válido. Ahora bien, si el caso es que el Magisterio de la Iglesia ha aceptado abiertamente
que, tanto la aspiración natural de una familia con hijos a su propiedad como un salario
justo familiar y el trabajo doméstico ejercido principalmente por la madre han perdido
vigencia en el mundo actual (particularmente los últimos dos), nuevos desarrollos y nuevas
líneas de reflexión serán necesarias para dar luz a las familias que de facto viven así. Para
ello, será interesante explorar los nuevos desarrollos que varias iniciativas académicas han
ido promoviendo en favor de una cultura renovada, de fuerte orientación familiar, que dé
cabida a los beneficios que entraña el desarrollo de la vida doméstica en el crecimiento de
los padres, las madres y los hijos: “Las personas cuyas vidas carecen de sentido doméstico
–nos dice Allan Carlson– se les deja incompletas. Tienden a convertirse en perpetuos
nómadas, puestos a merced de sueños totalitarios y construcciones ideológicas diseñadas
para llenar el vacío de sus corazones.” Esperemos que la temática expuesta sea retomada en
toda su profundidad y amplitud en futuras encíclicas.

Alejandra Vanney


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